Belleza
Cuando Belleza fue creada de un ojo de Vanidad, el mundo se convirtió en su podio y el ser humano en el instrumento perpetuo para su adoración. Sin el humano ella no existía. Su presencia causó guerras, corazones destruidos, esposos engañados y hombres y mujeres aterrados a perderla cuando la edad avanzada les tocaba a la puerta. A Belleza no le interesaba las ideas de su hermana Amor sobre ‘los sentimientos’ de los humanos: ella simplement quería ser hermosa.

Hasta que llegó el día que ella misma ‘sintió’ un pellizco de dolor: Belleza se había convertido común. La gente no volteaba más la cabeza cuando la veían. Agobiada y regañando salió de la ciudad para repensar su estrategia y mientras meneaba sus curvas esperando que alguien la notara, vio de repente un hombre parado en el bordillo. No pudo haber sido más grande que una pulga pero lo que más le llamó la atención fue lo feo que era. Belleza no podía quitar los ojos de la criatura y eso le dio una idea brillante que los beneficiaría a ambos: él podía vivir con la más bella del mundo y ella nuevamente sería la única Belleza, admirada por cada persona.

Desde ese día el hombrecito le plantó a ella un beso eterno y con eso se convirtió en uno de los siete símbolos de belleza: el lunar.

Flor de Oro
Lo último que Flor de Oro vio, antes de huir, fue la cabeza decapitada de su padre. El olor de sangre la conocía de todos ellos que habían dejado la vida combatiendo a los Ingleses. La sangre de su papá olía dulce y tenía un color rojo oscuro, como si el líquido de vida estaba de duelo por la injusticia que se le habia hecho. Flor de Oro corrió del pueblo, cruzando la selva que había protegido a la tribu de inundaciones, dejando atrás la orilla donde había nacido, huyendo por días sin parar hasta llegar al abismo donde el mundo dejaba de existir. Los Ingleses la perseguían, venían por ella, el trofeo real. Flor de Oro contempló el panorama del águila; su reino la llamaba a entrar al vacio. Se dio vuelta y con la espalda hacia el infinito y espero a los hombres. Los perros llegaron y el Ingles se bajo del caballo con una sonrisa diabolica. Decidido se dirigió hacia ella: le pertenecía a él, la virgen exótica. En pensamientos la devoraba hasta acabarla. Se acercó tan cerca que Flor de Oro olía la presencia de su padre en el uniforme. Ardiendo de fervor el hombre la agarró de la cintura y vaciló un momento. Flor de Oro no dudo: se prendió del infeliz dándole un abrazo de enamorados y se tiró para atrás.

El teniente
El teniente ordenó al sargento de entrar y sacar a la niña: la quería tener. Vacilando entró el sargento a la casa. El hombre no quería ser el culpable de la inocencia de la pequeña. En el hall oscuro se pintó una sombra pertinaz como una roca. El espacio olía a vida recién nacida. El sargento detestaba su humanidad que lo impidió actuar en linea a su uniforme. En la furia de su conflicto interno buscaba una solución. Se detuvo un momento y dijo secamente: ‘te doy una hora con tu hija despues mando el camión para venir a buscarlas’. Los ojos de la mujer gritaban resistencia pero no dijo ni una palabra. El sargento salió para asegurar a su teniente de que la demora no era más que eso, pero antes de cerrar la puerta le grito a la mujer: “A las 12 en punto estas lista!” La mujer recuperó el aliento. A la hija no se la daba a nadie, tendrían que matarla primero y eso sin duda era la intención, pero ella no ‘regalaba’ su niña a sus asesinos. Opciones no existían y por eso hizo lo único que le quedaba. A las 12 la mujer se puso abrigo, cubrió su hija con ello y salió afuera. El aire estaba pesado, añorando soltar las gotas que llevaba consigo. La mujer y su hija llegaron a la calle y como si no oía el camión que venía en su dirección, se estrechó la espalda y cruzó la calle. Mientras caminaba se agacho y le susurro a su niña, ‘un dia regresaras a tu patria’, esperando que cualquier momento el balazo la iba a tocar. Llego al otro lado de la calle: había sido invisible para los soldados en el camión y siguió caminando.

Antón
En su mente existía solo un pensamiento: tenía que matar a su esposa y sabía exactamente cómo hacerlo. Antón abrió un cajón y sacó el cuchillo; primero tenía que limpiarse las uñas.

Antón era vendedor ambulante, un oficio que había escogido porque no le gustaba trabajar con otros; no le gustaba mucho los ser humanos en general. Su amor eterno eran los libros mientras la intimidad física no lo conmovía, algo que su padre observó como un signo de ‘barbaridad’. El viejo se las arregló para que la hija de un compadre que le debía mucho dinero se casará con Antón. La joven tenía dos años menor que Antón, no era muy inteligente ni bella y le gustaba ser ‘creativa’, pero lo más importante era que tenía el sexo apropiado y más no necesitaba su hijo para entender que el destino de un hombre se encontraba entre las piernas de la mujer.

En los años que siguieron la muchacha se convirtió en una mujer sin objetivos. El futuro glorioso que le habían prometido pareció de ser nada más ni nada menos que el futuro de cada mujer: la esclavitud de la cocina y además una cocina pobre. Cada día buscaba leña en el entorno desolado por la naturaleza para calentar la casa y preparar una cena humilde.

Una tarde cuando remordimiento echaba sombra sobre la cara de la mujer, sus ojos cayeron en un fardo debajo de la cama. Curiosa metió las manos: era un libro y detrás había cuatro más. Ella no sabía leer, ni sabia de quien eran. ‘Que dichosa!’, se dijo mientras se levanto feliz, ‘harán un lindo fuego’.

Cuento de viaje
Una noche fría, durante la ley Seca en San José, Costa Rica, iba con mi amiga Andrea en carro, bajando la montaña de San José. Su vehículo, un pequeño jeep que lo había bautizado ‘el Rocky’, acababa de salir de mantenimiento y por eso nos sorprendió cuando en una curva hizo un sonido como una ballena en época de celo y nos dejó en una caída libre hacia el abismo.

Andrea se las jugó como una corredora profesional para parar al Rocky. Nos tomó unos segundos para realizarnos que la muerte nos había rozado la espalda, pero estábamos vivas!

“Creo que aquí nos quedamos, amiga. Esto es algo del motor, pienso yo”, dijo Andrea sin ninguna convicción. Salimos del carro y entramos a una noche bellísima con en el cielo una manta salpicada de estrellas, impregnada por la oscuridad negra, la misma oscuridad que rapidamente se convirtio en nuestra enemiga.

“Llama a Luis para ver si nos puede mandar una grúa”, me dijo Andrea, pero ya con el primer intento el cuadro se pintó mal: no habia coneccion en ningun telefono. Las montañas impiden el signal.

El miedo comenzó a hacernos cosquillitas en la piernas. Cuatro días antes habían encontrado un taxista muerto a unos cien metros de donde estábamos. Su último cliente probablemente no tenía la plata que le debía y en cambio lo mató. Y nosotras que? Dos mujeres solas en la oscuridad…

Agarre una barra de hierro del carro y me aferre a él como si era mi último novio. Comencé a buscar varias posiciones para captar un rayo del signal: me subí al carro, me acosté en el piso helado y hasta que me subí a la espalda de Andrea, cerca del abismo, estrechando el brazo lo más posible. Nada.

En veinte minutos inventariamos las opciones, vaciamos bolsos en búsqueda de líquidos y comida y especulamos sobre todas las maneras terroríficas que podíamos morir.

“Ping”, hizo el teléfono de Andrea: había recibido un mensaje.

Recibir ese mensaje en el momento que rezar se había convertido en nuestra única opción para sobrevivir, fue como un rayo de luz divina. Salte a agarrar el teléfono que estaba en la silla del chofer y inmediatamente perdimos la coneccion. ¡Que frustración! Esto era la encarnación de esa pesadilla donde quiero huir de los labios de Mick Jagger pero mi cuerpo no se mueve…

Regrese el aparato al mismo lugar donde lo encontré y entre las dos fuimos cambiando el teléfono de posición, milimetro por milimetro, hasta que reapareció el signal. Aguantando la respiración para controlar el temblor de los dedos, Andrea pulso el botón de rellamada. Casi al instante nos dío Luis quien, después del griterío que le dimos, llamó a la grúa. Al colgar sentimos euforia: ya casi! Nos abrazamos fuerte sin saber que en ese momento la coneccion nos abandonaba para nunca más regresar.

Una hora más tarde seguíamos en el mismo lugar, solo que mas locas que nunca. Andrea cantaba lo más falso posible arias de su ópera favorita, Romeo y Julieta, para controlar sus nervios y yo escribía mi testamento para mantener mi sanidad. Esto es algo que siempre he hecho en situaciones difíciles: dirigir la palabra a mis seres queridos de manera que así me mantienen anclada a esta tierra. A la parca no se le tiene que dar la carta de resignación asi no mas!

Y en eso llego nuestra salvación: la grúa con unas luces enormes y de un color rojo que brillaba de una manera fuera de este mundo. Todo en esa grúa parecía de una perfección que se encuentra solo en cuentos de hadas. Me recuerdo verlo llegar en paso lento y la primera asociación que me vino ala mente fue con el Payaso Eso de la película de Stephen King: parece perfecto pero en realidad es un monstruo. Algo me decía no montarme…

“¡No digas ni una palabra, por favor, porque sino nos sube el precio al instante!”, Andrea me dijo disimulada. “¿Decimos que sos muda, okay?” Quise reírme por la tontería que me acababa de decir Andrea (no me veo muy Tica, asi que no importa que diga una palabra), pero el hombre se bajó y nos dirigió la palabra. Se llamaba José.

Revisó el carro y definitivamente El Rocky había dejado la vida en esta montaña. El clutch se había fundido. Andrea negocio sobre el precio y nos subimos al carro. ¡Por fin íbamos hacia la seguridad de la civilización!

Andrea me hizo entrar de primera para sentarme al lado de José: tenía a la muda de buffer para no tener que hablar mucho con el hombre. No eran más de quince minutos de viaje, pero estábamos tan felices que Andrea se desahogo los nervios y comenzó a decir tonterías que la hacían reír a carcajadas, aún más cuando veía como yo hacía lo imposible para no reirme.

Hasta que José nos dijo: “Perdónenme, pero tengo que decirles que tenemos un problema.” Silencio total. “No se preocupen, pero creo que ahora a mi se me rompio el clutch.” ¡Allí nadie me pudo parar y me puse a reír sin fin! A ambas nos coria las lágrimas sobre las caras de la riza. ¡Esto era demasiado mala suerte! José se sintió aliviado que no lo tomamos a mal y le agrego: “Estamos cerca, pero la cosa es que no puedo frenar.” Nuevamente silencio total. “¿Porque no?”, le pregunto Andrea con garganta seca. “Vea, si freno necesitamos dos grúas porque no arrancamos masi, así que mejor no frenar.”  Nos miramos en pánico: a 200 metros veiamos un semáforo. “¿Y el semáforo? ¡¿Tenemos que parar para el semáforo si está en rojo?!, le dije sin disimular el susto que tenía. José me miró entretenido: “¿Que, el miedo le regreso la lengua?”

“¡Por dios José, el semáforo está en rojo! Frene!”, gritó Andrea.

José quedó calmó y nos dijo: “No se preocupen todo saldrá bien, ya verán.”

En retrospectiva José se arrepintió de no haber parado. Cruzamos la calle esquivando dos carros y con Andrea y yo gritando a todo lo que daba, ojos cerrados, regalando lo que no teníamos al que nos rescatara de este bestia. Si, al final llegamos a salvo a la casa de Andrea, sín frenar, pero José quedó sordo.